A 20 años de ‘Trainspotting’

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Desde su publicación en 1993, Trainspotting, el libro debut del escritor escocés Irvine Welsh, alcanzó una ola de seguidores y un estatus de culto tan reverenciado que una fervorosa recomendación de la revista literaria Rebel Inc se atrevió a afirmar, sin tapujos, que la obra “Merece vender más ejemplares que la Biblia”.

La notoriedad significó la adaptación de una obra de teatro y una versión fílmica estrenada en 1996 por parte del realizador británico Danny Boyle. De un grupo de amigos, en su mayoría yonkies residentes del lado decadente del Edimburgo en donde impera la prostitución, la pobreza y el desempleo, Renton (Ewan McGregor) refuerza su resignación existencial al cuestionar la “elección de la vida”, mandándola a volar muy lejos para preferir la heroína, además de reemprender, por enésima vez en su cuenta, su lucha por abandonar la adicción.     

Distante de otras congéneres más dramáticas sobre drogadicción como el surrealismo ante una realidad difícil de distinguir en El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991) pero un tanto similar a la meditabunda Drugstore Cowboy (1989), el humor negro y escatológico en Trainspotting convergen en un ambiente crudo, “fiestero” y permisivo en el uso de las drogas, recorriendo sus vaivenes para después guiar al lado negativo, a la desgracia en su entorno y a la aspereza en sus consecuencias.

Integrada por sujetos carentes de ideales propios, renuentes en encontrar un estímulo ante lo mundano que encuentran la rutina, algunos dependientes de los padres y pertenecientes a una Generación X inconforme con las reglas, la pandilla está alejada del convencionalismo de un trabajo honesto. Cada uno tiene patologías que los colocan en una ambivalencia de carisma y repulsión: el convenenciero Sick Boy (Johnny Lee Miller), el agresivo y alcohólico Begbie (Robert Carlyle), el ingenuo Spud (Ewen Bremner), el bonachón Tommy (Kevin McKidd), al inicio libre de los vicios que terminarán por ahogarlo en las propias redes de las adicciones y Diane (Kelly Macdonald), el interés amoroso de Renton semejante a una Lolita.

El crudo y desenfadado guion de John Hodge, además de ofrecer las peculiares perspectivas por separado de cada integrante del “escuadrón” de amigos, se asoma a los cuestionamientos de Renton sobre el sexo y su desenfreno, la infelicidad y el placer que siente al evadir toda complicación de la existencia con el consumo de la heroína, mayor que un orgasmo en sus propias palabras. Así, la ausencia de aspiraciones personales y las malas impresiones del entorno ante la falta de oportunidades es la que lo orilla a despotricar uno de sus pensamientos más poderosos en un día en el campo contra su propio origen escocés y al sistema que lo rige, escéptico de alguna esperanza por la “mierda” en el mundo.

No obstante, a través de Diane, se percata del cambio constante de la vida, de la diversidad de la música más allá del adorado Iggy Pop y de las propias drogas que prueba sin parar, deslindándose de poco en poco de su “autodestrucción” para iniciar la toma de decisiones necesarias y redimirse a sí mismo, incluyendo en el camino el desmoronamiento de su amistad con Sick Boy y compañía, seres mezquinos quienes como él anteponen primero sus intereses y supervivencia antes que una hipotética lealtad en su círculo.

Boyle, quien había llamado la atención con el thriller en torno al poder de la codicia en Tumba al ras de la tierra (Shallow Grave, 1994), despliega el estilo visual que marcaría parte de su filmografía: las ediciones rápidas, la recurrencia al voz en off para resaltar el pensamiento de su protagonista y el colorismo, expresado en el filme con la despreocupada existencia reflejada en los antros. Aunado a ello se encuentra el onirismo en el icónico “chapuzón” al inodoro de un detestable baño, la sobredosis semejante a la claustrofobia de un féretro, el síndrome de abstinencia en la ilusión de un bebe muerto y las paredes decoradas de trenes que asfixian al “antihéroe” en cuestión. Acompañando sus rasgos se encuentra su afición por la música, evidenciada en la selección de un destacado soundtrack que entremezcla el rock alternativo y clásico encargado de musicalizar el viaje de Renton con la contemplación de Brian Eno, la perspectiva de un día banal de Lou Reed y hasta Iggy entonando la vida nocturna en un club.

Un atisbo de la cultura popular de la época resaltada en las referencias al futbol, las analogías al universo de James Bond y la propia música. Un reflejo de las afrentas que vivían los jóvenes londinenses en los noventa, la influencia del filme llevó a retratos mucho más abiertos y carentes de doble moral sobre drogadicción en cintas como la obsesión en Requiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000), la psicodelia de Enter The Void (2009) y la locura en Viaje ácido (Acid House, 1998).

Trainspotting, a 20 años de su estreno, permanece como referente de culto gracias a su particular representación de un tema en sus diferentes claroscuros, su rechazo al preestablecido sistema, el antienvejecimiento de su banda sonora y el sentido del humor que ayudó a redefinir a un cine británico dedicado en demasía, por algunas décadas, a los dramas sociales y a la crisis en tiempos de Margaret Thatcher.

Después de la elección de Mark Renton por vivir como el resto de los mortales, Porno de Irvine Welsh y su transformación como secuela se encarga de hacerlo regresar, con varios años encima, para reencontrarse con Sick Boy y el resto de la banda en un futuro cercano. Razones de sobra para que todos ellos retomen la vida. 

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)



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