Cómo ‘Heathers’ cambió para siempre el cine adolescente

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Cuenta una de las infinitas leyendas urbanas que sobrevuelan el día a día de los cimientos de Hollywood que durante el rodaje de La casa de los espíritus Winona Ryder se acercaría a Meryl Streep para ofrecerle una secuela de Heathers, a lo que la dueña de la corona respondería sin dudar: “Oh, cariño, creo que la tuya es demasiado importante como para destrozarla”. Nada de esto debería sorprender, pues Meryl Streep estaba tratando de explicar en pocas palabras lo que el plan de estudios de un máster sobre los mecanismos de la industria de cine ofrece en un año: coherencia. Pero estamos en 2016, y en plena fiebre por las innecesarias adaptaciones televisivas de películas de culto –Fargo, Scream, Crueles intenciones o El exorcista–, alguien se ha atrevido a llevar la contraria a Meryl Streep. Con el diablo hemos topado.

El Estados Unidos de Heathers todavía no vivía las consecuencias de Columbine ni las del 11S, pero el fin de la era Reagan daba sus últimos coletazos y la necesidad urgente de acabar con todo, con forma de despotismo irónico, pedía salir a gritos. ¿Adolescentes sedientos de venganza por una amenaza social? El subgénero de terror slasher ya venía desde la década de los setenta dando guerra con un asesino atormentando su escasa tranquilidad. No es casualidad que sea en tiempos de opresión social cuando el cine refleja esa realidad. Los asesinos del cine de terror rápido pasaron de representar la guerra de Vietnam a la burbuja yuppie consumista que asoló el país durante un buen margen de finales de siglo.

“Querido diario: quiero matar y no sólo es por egoísmo ni por mi ciclo menstrual. Tienes que creerme”. Faltaban sólo dos años para que Bret Easton Ellis publicara su obra maestra y esta escuela de jóvenes asesinos de la generación X se estaba adelantando a aquel American Psycho de 1991, que provocaría a las almas más conservadoras de toda la sociedad estadounidense para salir a la calle y prohibir la publicación de aquel ataque a la doble moral. “Madura, Heather. La bulimia es tan del 87”. Al fin y al cabo Heathers no tendría cabida en los tan protegidos estándares actuales de las nuevas generaciones de la gran pantalla. Su cinismo, su despotismo y su guión salvaje sería inviable en el panorama actual de franquicias adolescentes de ciencia ficción o pseudodramas románticos para aspirantes al matrimonio temprano. Estos psicópatas adolescentes no sólo tenían tendencia al suicidio y al asesinato en masa, sino que les hacía gracia.

Winona Ryder se adelantó a Columbine, al 11S y a todas las sátiras de instituto.

Un momento, ¿suicidio adolescente? Vivimos en una sociedad en la que la palabra ‘suicidio’ está prohibida en todos los telediarios de las cadenas de televisión. Públicas y privadas. ¿Es esta la mejor manera de afrontar un problema? ¿No hablando y mirando a otro lado? Hay que hacer caso a este desparrame de nihilismo adolescente. Son ellos los que pueden cambiar las reglas del juego. Las que no quisieron cambiar, por otra parte, ni Brad Pitt, ni Jennifer Connelly, ni Heather Graham cuando huyeron despavoridos de aquel guión cargado de mala uva que su agente les puso sobre la mesa. El de Winona Ryder fue despedido por ella misma al intentar alejarla de aquel set de rodaje. “Cuando tenía 20 años todo el mundo quería trabajar conmigo y me arriesgué con algo que nadie quería. Hoy que tengo 40 es de mí de quien huyen. Verónica es el personaje de mi vida”, disparaba la propia Winona Ryder a la web de cultura pop Vulture.

“Las películas de adolescentes de John Hughes eran divertidas, pero hay otra parte del instituto a la que no iban: a la oscuridad. Creo que en eso Heathers fue refrescante. Mucha gente perdió su virginidad en el humor negro”. No son casuales estas declaraciones del guionista David Waters a Entertainment Weekly, como tampoco lo es que sea éste hermano del director de otra declaración de intenciones de 2004, también conocida como Chicas malas. En el árbol genealógico de las sátiras de instituto Heathers ocuparía el lugar de madre sauce, mientras el largo listón de hijas bastardas se iría extendiendo desde Clueless (1995) a la actual verborrea de crueldad televisiva en Scream Queens (2015), pasando, obviamente por Caramelo asesino (1999) y la propia Chicas malas.

“La gente cree que sólo porque eres guapa y popular la vida es fácil y divertida. Nadie comprendió que yo también tenía sentimientos. Muero sabiendo que nadie llegó a conocerme”.

Al fin y al cabo que una película como Heathers sea adaptada a la televisión, con forma de atentado cultural, no se aleja tanto de aquella supuesta secuela que intentaba poner a Meryl Streep como primera dama de Estados Unidos, respondiendo al nombre de Heather y dispuesta a hacer volar la Casa Blanca con ayuda de su asistente Verónica. Pero ni ellas se adelantaron a Bin Laden ni este intento de secuela existe. En 1989 sólo una ridícula cantidad de 1,1 millones de personas fueron testigos en el cine de esta matanza adolescente del instituto Westerburg de Ohio. En 1999 el mundo se echaba las manos a la cabeza por Columbine. Winona Ryder respondía así con una gran moraleja social: “os lo avisamos”.



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